Siempre me gustó el fútbol, y a lo largo de mi vida lo he practicado con cierta asiduidad. Jugaba de delantero aprovechando mi buena punta de velocidad. Con 12 años de edad me hice socio de la Real Sociedad de San Sebastián, el club de mi ciudad, hasta que cinco años más tarde me di de baja al trasladarme a Bilbao por estudios.
Nunca más me hice socio de ningún otro club, y se fue consolidando en mí un gusto por el buen fútbol, por aquellos equipos o jugadores con un notable desapego por los clubs y una ecuanimidad en la observación de faltas y penaltis.
Ello hace que cada año mis amores futbolísticos sean variables, pasando del Madrid de Zidane al Barca de Messi, de la selección holandesa del 74 a la argentina del 86, o de la brasileña del 70 a la española de 2008,… y vuelta a empezar. En definitiva soy un infiel con pasión por el deporte pero no tanto por los colores.
Por eso me molesta que en un partido gane el que ha jugado peor. No se lo merece y por tanto me disgusta. Nunca entendí demasiado al hincha pasional y fanático, que llora, sufre, berrea y se pelea cuando pierde su equipo, alcanza el éxtasis cuando gana, y falsea la realidad viendo penaltis a favor, o conjuras inexistentes.
Sin embargo hará unos 10 años un taxista argentino en Buenos Aires me ayudó a entender mejor la pasión futbolera, no tanto la del hincha obsesionado, pero sí la de una persona normal. Hablando de Maradona, me confesó que él estaba en deuda con “el pelusa”, y que si había que ayudarle, aunque él era humilde, lo haría con mucho gusto.
Me comentó que su vida había sido dura, y pese a ello recordaba con frecuencia los pocos momentos en los que había sido inmensamente feliz. Algunos de ellos estaban ligados a los triunfos argentinos en los mundiales. Por eso insistía: “..Maradona me hizo muy feliz, yo le debo y le quiero mucho, y nunca lo voy a olvidar”. Me quedé pensativo y comprendí que aquel taxista tenía razón.
La felicidad humana en nuestras vidas está ligada a momentos determinados con personas que conocemos y tratamos, pero también lo está, sin duda, con actores de cine, cantantes, deportistas, etc. Sus películas, canciones y actuaciones están en nuestro ser ocupando un inmenso pedestal.
En todo caso sigo pensando que una cierta distancia con los colores de un equipo, de una iglesia, de un partido político, de una etnia, de una nación, te hace más ecuánime, más capaz de ver lo malo dentro de los “tuyos” y lo bueno dentro de los “otros”. El deporte nos brinda la posibilidad de conjugar una razonable dosis de pasión con una razonable dosis de sensatez. Al fin y al cabo se trata de un juego. Si ello lo aplicamos en otros aspectos de nuestra vida seremos más libres y seguramente más felices.
A la hora de escribir estas líneas (1ª fase de los mundiales) llama la atención el buen desempeño en general de los equipos latinos, lo que nos hace ser optimistas cara al desenlace final, pero…...!Jugando bien!
Enrique de Otazu
Director de Vivencia Andina Viajes
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