Otavalo: comercio, quechua y cultura

Al norte de Quito, y circundada por un bellísimo paisaje de volcanes y lagos, se encuentra la localidad de Otavalo donde, desde hace muchos años, se celebra los sábados una de las ferias indígenas de mayor renombre en América Latina.

Con el paso del tiempo, la Feria se ha ido convirtiendo en una importante atracción para el turismo internacional, lo que llevó a que se la fuese dotando de una estructura estable de puestos de venta de los más variados artículos que uno pueda imaginar para que los turistas puedan acudir, todos los días del año. No obstante, los sábados siguen teniendo un toque especial sobre todo por la celebración de la Feria del Ganado, que conserva su autenticidad.
 
En Otavalo llama mucho la atención el dinamismo de su comunidad indígena, que fue capaz de dar el salto a la comercialización, a nivel mundial, de su bella artesanía textil. Por ello no es raro encontrar a otavaleños vestidos a la usanza tradicional exponiendo sus confecciones en muchos lugares del mundo. Son gente emprendedora y ello les ha llevado a ser la comunidad indígena precolombina más próspera de América Latina.
 
Pero mi propósito no es hablar de Otavalo en sí sino de algo relacionado con su identidad y su lengua. Hace unos meses me encontraba en una pequeña tienda artesana de la localidad adonde el guía turístico Manuel había conducido a un reducido grupo de europeos y estadounidenses. Manuel es un excelente guía, culto, entusiasta de su profesión, atento y nacido en la zona lindante al volcán Antisana. Bajo la atenta mirada de la dueña de la tienda nos fue explicando, en castellano y en inglés, todo lujo de detalles acerca de cada uno de los textiles que allí se exponían, para más tarde ceder, en lengua quechua, la palabra a la señora, quien con gran dulzura y amabilidad completó la exposición de Manuel.
 
Tras ello, y antes de que los turistas pasásemos a comprar algún articulo, Manuel nos disertó sobre la enorme importancia que tenía para los otavaleños el uso cotidiano de la lengua quechua, base de su propia identidad y que nunca deberían perder ya que, si eso sucediera, todo su mundo se vendría abajo y supondría “el fin de la comunidad”.
 
De regreso a Quito le comenté a Manuel mi extrañeza por su comentario  final, algo apocalíptico, dado que ninguno de los indígenas de Ecuador había tenido como lengua originaria el quechua sino otras lenguas nativas tan diferentes de aquella como podrían serlo el polaco del castellano. De hecho, los ecuatorianos, y entre ellos los otavaleños, hablaban antiguamente lenguas primitivas hasta que éstas, durante los siglos XV y buena parte del XVI y bajo presión del poder inca procedente del Perú, fueron perdiendo peso y terminó imponiéndose el quechua, la lengua de sus conquistadores incas. Posteriormente, la Iglesia Católica española siguió fomentándolo para facilitar la expansión de su doctrina entre los indígenas.
 
Manuel tuvo que reconocer que así había sucedido históricamente y que aquel momento no había significado el fin de la comunidad otavaleña. Meditó largo rato y durante un par de horas mantuvimos un vibrante diálogo sobre el tema.
 
Desde luego, resulta importante tratar de conservar las lenguas. Constituyen una riqueza extraordinaria, son un gran patrimonio cultural y un valioso legado, pero la historia demuestra que, al igual que las personas, nacen, se transforman, evolucionan y mueren, y no por ello sus hablantes al ver menguar su uso pierden su identidad, su cultura y su razón de vivir. En la actualidad ninguno de nosotros sería capaz de entenderse en una misma lengua con una persona de la antigüedad. Jesucristo hablaba arameo, lengua ya desaparecida. Los grandes pensadores griegos escribían y hablaban en una lengua hoy en día muerta. El poderoso latín de Roma acabó transformado en las múltiples lenguas de origen latino que conocemos…
 
En España sucedió algo similar. Sus lenguas primitivas -ibero, tartesio, fenicio, griego o cartaginés- acabaron desapareciendo con la llegada del latín traído por nuestros conquistadores romanos. Únicamente la lengua vasca consiguió sobrevivir aunque en un pequeño territorio. El latín acabó imponiéndose como lengua culta, aunque en torno a los siglos IV y V aparecieron nuevos invasores como las tribus germánicas de suevos y vándalos, los alanos asiáticos, los visigodos y, un siglo después, los celtas. Y para terminar, en el siglo VIII, los árabes. 
 
Con todas esas aportaciones lingüísticas se fue formando una nueva, el castellano antiguo, en torno al siglo XII: su tronco es la lengua latina pero incorpora numerosas palabras de aquellas lenguas, sobre todo del árabe. Y en los siglos posteriores se añaden vocablos de origen francés –galicismos- y, en la actualidad, muchos de lengua inglesa –anglicismos- así como modismos de América Latina. El catalán y el gallego son lenguas hermanas del castellano y tuvieron un origen similar en la misma época.
 
Cuidemos y protejamos las lenguas dentro de nuestras posibilidades pero no las mitifiquemos, no las adoremos como a un “dios” ya que, al igual que nosotros, nacen, viven y algún día morirán. Aunque eso sí: son bastante más longevas que nosotros. Mejor aprendamos unas cuantas. Por cierto, los jóvenes ahora escriben n una lngua modrna q se an inventdo y q puede tner un gran fturo.
 
Enrique de Otazu
Director de Vivencia Andina Viajes
Puntuación:Ninguno Promedio:4 (2 votes)

Inicio de sesión

Connect
Sign in using Facebook

Navegación